Yo pertenezco a una generación poco instruida. Tengo algunos estudios, y los lugares donde estudié son –con mucho- mejores que el Núcleo Escolar Rural de Sabaneta y alguna academia castrense de los años 70 del siglo pasado.
Sin embargo, mi pobreza, mis pocos viajes, mis aceptables (pero incompletos) estudios, no me prepararon del todo para entender a quien era diferente de mí. El Otro, el distinto, a uno sólo le generaba temor, porque –en verdad- uno ignoraba quién y cómo era ese Otro, En mi barrio del Puerto La Cruz de los años 50 del otro siglo, merodeaba (quizás en procura de alguna caridad) un señor baldado –pierna amputada y muleta-, a quien se tenía por “coco”, cuyo solo apodo primitivo (“El Mocho De La Pata”) bastaba como amenaza ante el plato intocado de la sopa que, gracias a Quino, pudo odiar Mafalda, sin mayores consecuencias, pocas décadas después.
Entonces, yo no estuve preparado para entender a las personas de condición Down (prefiero decir así, que llamarlas pacientes). Debí conocer a gente llena de amor y de respeto por la humanidad, para empezar a comprender esta situación. Sabía (desde antes, en la política y, luego, en mi renovada práctica de la fe cristiana) que los seres humanos somos distintos, incluso en el modo de ejercer nuestro libre albedrío. Así, mi contacto con Ana Virginia, con su esposo y con su padre, mi doctor Pedro, me acercaron a Otto, a cuyo nombre se me encendió una luz que ahora me enseña el camino.
Tuvo que pasar una vida, pero tampoco es para alarmarse. Es fatigoso ser humanos (“ché fatica essere uomini”, hacía cantar Sergio Endrigo a Iva Zanicchi en San Remo 1970); ¿saben por qué?: “Lo más terrible se aprende en seguida / pero lo hermoso nos cuesta la vida” (Silvio Rodríguez, Canción del elegido).
Ana Virginia hace algunos meses mostró su preocupación por el diseño de pruebas clínicas para despistar el sindorme Down en feto. Decía que esa anticipación en la detección del sindrome, podría dejar –si la gente decide interrumpir los embarazos- a Otto sin compañeros de juego.
Hago, primero, una precisión legal, por aquello del vicio del oficio. El aborto voluntario fue concebido como hecho punible básicamente por razones religiosas; luego se amplió la visión sobre el aborto para condenar la violación como fuente de un embarazo, y para salvaguardar la vida de la madre, si el feto no fuere viable, si la prolongación del embarazo pusiere, además, en peligro a la madre. Una reforma de la Ley de Ejercicio de la Medicina, por los años 80-90 del siglo XX, introdujo la llamada “liberalización del aborto”, luego recogida en otros textos legales. Lo que esto quiere decir es que el médico que aplique la prueba de detección del Down en un feto, es quien debe decidir si se pone término al embarazo, sea porque hay evidencia (policial o judicial) de que la gestación es producto de una violación, sea porque tiene evidencia (clínica) de que la continuación de la gestación amenaza la vida de la madre, sea porque tiene evidencia (clínica) de que llevar la gestación a término no garantiza la viabilidad o la vitalidad del feto.
En ese orden de ideas, yo no creo que -por lo menos en Venezuela- un médico que detecte en el feto indicadores de que nacerá, o es posible que nazca, un niño de condición Down, pueda decidir, sólo por eso, que se practique un aborto. Si el embarazo no fue producto de una violación, ¿en qué consiste la imposibilidad de viabilidad o de vitalidad del feto por nacer, sólo por la presencia de los indicadores de Down?; ¿la presencia de esos indicadores, determina, indefectiblemente, un peligro para vida de la madre?; ¿el propio hecho de que nazca del bebé. implica la muerte futura de la madre? Quiero decir, con estas preguntas, que la sola detección temprana (en feto) del síndrome Down no legitima un aborto.
Finalmente, puesto en la dimensión ética y religiosa del asunto, digo que, mientras haya gente como los padres y los abuelos de Otto, y mientras los viejos ignorantes podamos ir aprendiendo y comprendiendo y haciendo saber a los jóvenes que el mundo es variado, que es “ancho y ajeno” (según Ciro Alegría), Otto tendrá compañeros de juego y será el niño feliz que Ana Virginia y su familia se han dedicado a levantar.
Otto soy yo, y lo soy con cuantos podamos entender lo fácil o lo difícil que es ser humanos. La esperanza terrestre de nuestra especie, que aún no quiere suicidarse, tendrá siempre para Otto compañeros de juego y de canto, como en el Himno a la Alegría, que yo mismo necesito para sentirme a cada hora humano y sin fatiga.
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