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Que muera la intimidad

En el 2002 se registro el primer caso del Síndrome de Truman. Esta aflicción psiquiátrica es propia de nuestro tiempo, tan propia que diez años atrás era inimaginable. Se trata de la ilusión de que tu vida, completa, está siendo grabada y transmitida como un reality show. Los pacientes diagnosticados con este desorden aseguran estar siendo perseguidos las 24 horas del día por cámaras posicionadas estratégicamente para no perder ni un segundo del día del delirante protagonista. El nombre del síndrome hace referencia a la película El show de Truman protagonizada por Jim Carrey. En el largometraje, a diferencia de lo que sucede con los casos del síndrome estudiados hasta el momento, la vida del protagonista era una farsa televisiva en la que todos los elementos formaban parte de un guión.

El síndrome es la consecuencia de un afirmación que se ha repetido hasta el cansancio: la intimidad ha muerto. No se trata de un deterioro espontáneo. No murió de vieja. La intimidad a sucumbido a la comunicación incansable, a la constante necesidad de compartir nuestras vidas. Hemos abierto las puertas de lo intimo para mostrar al mundo lo que antes no se había mostrado. Para algunos, la ruptura de la línea de lo privado y lo público implica la perdición de la introspección, la omisión del ejercicio de auto evaluación, sin embargo, como en la mayoría de las cosas, no todo puede ser negativo. 

Mientras los pacientes del Síndrome de Truman se han multiplicado desde 2002, miles y millones de personas fotografían su vida día a día para luego compartirla en las redes sociales. No son cámaras ocultas, ni persecución camuflajeada, es un “Show de Truman” casero en el que nos empeñamos a diario, casi como un trabajo, para mostrar, según nuestros gustos, creencias y personalidades lo que queremos que el mundo crea que somos. En ese intento micromediatico de nuestras vidas se terminan por crear collages estéticamente surreales en los que se conjugan imágenes de la virgen, postales de garfield, pornografía y la última canción de la banda desconocida que tienes que escuchar.

Pero en esa estética dudosa brilla aquel positivo que estamos buscando. La apertura de la intimidad nos hace vulnerables a contenidos que por decisión libre no estaríamos consumiendo. Ni mi tía escucharía la música que yo escucho, ni yo buscaría una de las postales de autoayuda que ella pública. Ese cambio de barajitas abre un mundo de posibilidades que para cualquiera, encerrado en la intimidad, no sería posible.

El temor a que lo íntimo desaparezca ha sido extremista. La introspección, que tanto se teme perder, no puede partir del silencio. Más de una de esas postales (que jamás compartiría en mi muro de Facebook o en mi cuenta de Twitter) me ha hecho pensar lo que no hubiera pensado de otra manera. El miedo al contenido ha desaparecido y con él una parte importante del prejuicio.

La nueva tendencia comunicacional también ha hecho evolucionar la idea de competencia. Las redes sociales son una constante campaña electoral en la que “me gusta” y “retweet” son los votos a conquistar. Si abrir un pedazo de intimidad nos permite ganar la elección, que salga a la calle, porque a nadie le gusta perder. Hay algo de peligro en todo este revuelo tecnológico, tanto peligro como oportunidad. El común denominador está más atento al contenido, a esa búsqueda constante de la publicación perfecta que le haga ganar la elección. Y mientras un grupo de delirantes se pierde en la idea egocéntrica de ser el centro de un reality show, el resto de los mortales compartiremos otro selfie, otra canción, otra postal religiosa que le permita a otro pensar, lo que hasta entonces, no había querido.

Fuente  http://goo.gl/5PPL3a

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