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Cuento de hadas

Las películas religiosas no deben ser necesariamente cursis, ingenuas y moralistas. Dependiendo del director, pueden enfocarse de diferentes maneras, desde la visión ortodoxa hasta la interpretación crítica.

Un ejemplo del primer caso es el laureado realizador Terrence Malick, asociado a una lectura evangélica del cine, cuyas imágenes lindan con la poesía de vanguardia. A propósito, cabe recordar el título de El árbol de la vida, ganador de la Palma de Oro de Cannes. Un filme amado y odiado a partes iguales, pero incapaz de dejar indiferente a nadie.

En el segundo grupo, la incorrección política y la deconstrucción asumen el protagonismo. Al respecto son muchos los referentes por destacar. Solo citaremos algunos de los más conocidos: La Vía Láctea, La vida de Brian, Jesús de Montreal, The Last Temptation of Christ y Dogma. Inolvidables herejías audiovisuales de ayer y de hoy.

Un punto intermedio, entre ambas posturas,  es el de La Pasión de Mel Gibson, ajustada cronológicamente a la historia del relato bíblico del Mesías, aunque llevada al extremo de una propuesta gore o de porno tortura, a golpe de latigazos.  

En última instancia, sea a favor o en contra, siempre valoramos una revisión personal de las sagradas escrituras.

Por tal motivo, nos aproximamos con la mejor disposición a ver el estreno de El cielo sí existe, adaptación de otro best seller basado en hechos reales. Evitamos antes echarle un ojo al tráiler de la pieza para no sugestionarnos. Tampoco consultamos reseñas y crónicas sobre la película. Llegamos a la sala, como mientan, en estado virginal.

La decepción fue de grado sumo. No sabíamos si reír o llorar delante de la pantalla. Optamos por fingir demencia y gozar de la generosa ración de humor involuntario, dosificada por el guion. Encontramos un telefilme de domingo por la tarde, ilustrado como un libro de cuento de hadas.

La idea no era mala. Se buscaba recrear la experiencia divina de un niño, tras sobrevivir a una delicada intervención quirúrgica. A raíz de la operación, el chico, con una naturalidad pasmosa, afirma haber conocido el paraíso, mientras unos ángeles celestiales le cantaban al oído.

Al principio, el padre de la criatura, un pastor de la América profunda, pone en duda la palabra de su hijo. Conforme evoluciona la trama, el chico logra convencer a sus progenitores al revelar detalles de familiares fallecidos, a quienes contactó durante su viaje al más allá. 

Develado el conflicto en todo su melodrama, el responsable del encargo opta por la salida fácil, la previsible, la del consenso. Es decir, elude la ambigüedad y el misterio para abrazar el tono pedagógico de una narración literal, con efectos especiales de una calidad ínfima. Por ahí mismo va la música.

La impronta del autor de la obra, Randall Wallace, pasa inadvertida. Ni rastro de su principal huella en la industria, el libreto de Corazón valiente, nominado al Oscar de la academia. En general, su estética resulta tan chata y esquemática como el desarrollo de la acción.

La fotografía expone un rosario de lugares comunes. Una colección de viñetas estereotipadas. El prado de girasoles, el camión de bomberos, los atardeceres, las fachadas relucientes. La utopía satirizada por David Lynch en la apertura de Terciopelo azul.

En descargo del conjunto, rescatamos los empeños actorales de Greg Kinnear y Margo Martindale.  Él salva a la puesta en escena de sufrir un descalabro mayor. Ella dota de credibilidad a su personaje secundario, de vital importancia para el tercer acto.

Sin embargo, no es suficiente. Al final, El cielo sí existe apenas convencerá a los espectadores menos despiertos.

Fuente  http://goo.gl/LdyhzR

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